El funerario - Ray Bradbury
El señor Benedict salió de su vivienda. Se quedó de pie en el porche, tímido y sintiéndose inferior a los demás. Un perrito pasó trotando, con mirada astuta; tanto, que el señor Benedict no se atrevió a sostenerla. Un chiquillo atisbó a través de la verja de hierro forjado que rodeaba el cementerio, al lado de la iglesia, y el señor Benedict parpadeó bajo la penetrante curiosidad del niño. —Usted es el hombre de los funerales —le espetó la criatura. Sintiéndose muy bajo y rastrero, el señor Benedict no contestó. —¿Es suya la iglesia? —volvió a la carga el crío. —Sí —fue la respuesta del señor Benedict. —¿Y la funeraria? —También. —¿Y el cementerio, las losas y las tumbas? —También —repitió el señor Benedict, con cierto orgullo. Era verdad. Y asombroso, al mismo tiempo. Una racha de buena suerte, que le había mantenido muy ocupado durante largas noches muchos años atrás. Primero, había edificado la iglesia y el patio, con unas cuantas tumbas cubiertas de musgo, cuando los baptistas se trasladar…