En mi introducción al primer volumen de la serie Isaac’s Universe, mencioné brevemente que, al inventar un universo con múltiples especies inteligentes que sirviera de trasfondo para estos relatos, me había dejado influir por las historias de Galactic Patrol, de E. E. Smith.
Y así fue; pero, al seguir reflexionando sobre el asunto, comprendí que había una segunda influencia, mucho más poderosa que la primera. ¿Por qué, me pregunté, me vino a la mente Galactic Patrol y no El Señor de los Anillos?
En realidad, no tiene nada de misterioso. Galactic Patrol era ciencia ficción, mientras que El Señor de los Anillos era fantasía; y, cuando estaba ideando el trasfondo de Isaac’s Universe, mi pensamiento se encontraba en clave de ciencia ficción.
Así que ahora permitidme liberarme de las ataduras de la ciencia ficción y pensar en El Señor de los Anillos.
El autor de El Señor de los Anillos fue John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973), quien firmaba como J. R. R. Tolkien. Nació en Sudáfrica, pero vivió en Gran Bretaña, donde fue profesor en Oxford y se especializó en anglosajón.
En 1937 publicó un relato infantil titulado El hobbit. En mi opinión, no era una obra del todo lograda. Tolkien aún estaba tanteando el terreno. En El hobbit tendía a dirigirse a sus lectores con cierta condescendencia y una especie de afectada coquetería.
Sin embargo, esta tendencia se fue haciendo menos evidente a medida que avanzaba la historia y el propio Tolkien se dejaba atrapar por ella. El protagonista era Bilbo Bolsón, el hobbit del título, una criatura humanoide que medía aproximadamente la mitad que un hombre. La historia narra la expedición de un grupo de enanos para recuperar un tesoro que les había pertenecido en otro tiempo, pero que ahora estaba custodiado por un dragón malévolo. Gandalf —un mago que, en su primera aparición, se presenta como una especie de prestidigitador— envía a Bolsón para que los acompañe.
Bolsón parte con ellos muy en contra de su voluntad, pues está muerto de miedo. No obstante, a medida que avanza la historia se vuelve más heroico —de una manera muy convincente— y, en las escenas finales, es él quien domina la situación: posee mucho más ingenio, iniciativa y heroísmo que los demás personajes del relato.
En la década de 1950, Tolkien decidió desarrollar El hobbit y escribir una extensa continuación en tres volúmenes, destinada a los adultos en lugar de a los niños. Bilbo aparece al principio y se mantiene, en buena medida, la misma atmósfera de El hobbit, pero enseguida transmite una nueva misión a su sobrino Frodo, que es el protagonista de El Señor de los Anillos. Con ello, la atmósfera cambia, se vuelve más profunda y resulta por completo absorbente.
El centro de la acción es un anillo que Bilbo había encontrado accidentalmente durante los acontecimientos de El hobbit y que ahora resulta ser la clave del poder universal.
La historia se convierte en una saga sobre la lucha entre el bien y el mal. El bien está representado por Frodo y sus amigos, así como por su mentor, Gandalf, que ahora es retratado como un ser casi todopoderoso e incluso, con el tiempo, como una figura casi cristológica. El mal está representado por una figura satánica, Sauron, quien solo necesita el anillo para consolidar de manera permanente y absoluta su ya aterrador e inmenso poder. La tarea de nuestros héroes, y de Frodo en particular, consiste en asegurarse de que el anillo sea destruido y emprender para ello un viaje espantosamente peligroso.
Las fuerzas del bien salen victoriosas, pero las dificultades son tan enormes y la escritura es tan hábil que, incluso después de repetidas lecturas, el suspense se mantiene. (He leído El Señor de los Anillos cinco veces).
Uno se pregunta qué pasaba por la mente de Tolkien. En realidad, no me gusta intentar adivinar los pensamientos y motivaciones de un autor. Sé, por experiencia personal, que los analistas ingeniosos pueden encontrar en una novela muchas más cosas de las que el propio autor llegó a ser consciente de haber introducido.
(Sí, yo también he sido víctima de este tipo de interpretaciones; pero sé asimismo que, a pesar de mis vehementes negativas de haber querido decir esto o aquello, no soy capaz de explicar por completo el funcionamiento de mi mente inconsciente).
De igual modo, se dice que Tolkien negó que su saga pudiera aplicarse a los acontecimientos de su época o que los diferentes elementos de las novelas encerraran tortuosos simbolismos; pero yo no le creo.
A mí me parece evidente que Tolkien, entre la escritura de El hobbit y la de El Señor de los Anillos, vivió aquel periodo dramático y sobrecogedor en el que Adolf Hitler y sus alemanes se hicieron con el control del continente europeo en el transcurso de diez meses, mientras Gran Bretaña se encontraba enfrentada a un enemigo abrumador sin aliados propios.
Si aquello no era Frodo contra Sauron, ¿qué era? Y Frodo venció.
Hay otra cuestión. ¿Qué era ese anillo de poder por el que todos luchaban? Era un anillo maligno que se apoderaba de su dueño y lo inclinaba hacia el mal, sin que este lo advirtiera y en contra de su voluntad. Incluso Frodo, al final, se vio afectado y estuvo a punto de fracasar en el cumplimiento de su misión.
Evidentemente, el anillo era algo que se temía, pero que, de manera perversa, se deseaba; algo que, una vez poseído, ya no se podía abandonar.
¿Qué simboliza eso?
La respuesta se me ocurrió —y, una vez encontrada, resultaba además evidente— gracias a un comentario de mi querida esposa, Janet.
Sauron gobierna una región llamada Mordor, una tierra devastada en la que no crece nada, destruida por la maldad de Sauron y en la que Frodo debe adentrarse para completar su misión. Mordor es descrito como un lugar aterrador.
Pues bien, un día Janet y yo viajábamos por la autopista de peaje de Nueva Jersey y pasamos junto a una zona ocupada por refinerías de petróleo. Era una región devastada en la que no crecía nada y que estaba llena de las feas estructuras tubulares que, por fuerza, poseen las refinerías. En lo alto de unas chimeneas elevadas ardían residuos de petróleo, y el olor de los productos petrolíferos impregnaba el aire.
Janet contempló el paisaje con expresión inquieta y dijo:
—Ahí está Mordor.
Y, por supuesto, lo era. Y eso era lo que debía de haber en la mente de Tolkien. El anillo era la tecnología industrial, que arrancaba de raíz la tierra verde y la sustituía por feas estructuras cubiertas por un manto de contaminación química.
Pero la tecnología significaba poder y, aunque destruyera el medioambiente y terminara destruyendo la Tierra, nadie que la hubiese desarrollado se atrevía a renunciar a ella, ni siquiera deseaba hacerlo. No cabe duda, por ejemplo, de que los automóviles estadounidenses contaminan y ensucian la atmósfera, y matan a incontables personas mediante enfermedades respiratorias. Sin embargo, ¿es concebible que los estadounidenses renuncien a sus automóviles o que, al menos, reduzcan un poco su uso? No; el anillo de la tecnología los tiene atrapados y no renunciarán a él ni siquiera cuando estén jadeando, incapaces de respirar, y muriéndose.
(Téngase en cuenta que no estoy completamente de acuerdo con la visión que Tolkien tenía de la tecnología. Yo no soy un profesor de Oxford acostumbrado a los tranquilos placeres de un inglés de clase alta en una época preindustrial. Sé muy bien que la mayor parte de la humanidad —incluidos yo y los míos— obtiene las comodidades de las que disfruta actualmente gracias al progreso tecnológico, y no quiero abandonarlo para que los ingleses de clase alta puedan sustituir las máquinas por sirvientes. Yo no quiero ser sirviente. Aunque reconozco los peligros de la tecnología, deseo que esos peligros sean corregidos sin renunciar a sus beneficios).
Y ahora llegamos a la pregunta clave: ¿qué tiene que ver todo esto con Isaac’s Universe?
El Señor de los Anillos está ambientado en una Tierra mitológica cuya geografía resulta por completo irreconocible. Existen seres humanos, y se insinúa claramente que están en proceso de imponerse y que muy pronto la «Tierra Media» —el mundo de Tolkien— se convertirá en la Tierra en la que vivimos.
Además de seres humanos, sin embargo, existe una gran variedad de criaturas diferentes. Están los elfos, más hermosos e inteligentes que los seres humanos y, en esencia, inmortales. Son criaturas de los bosques apacibles y quizá representaran para Tolkien a las clases altas británicas de la época preindustrial.
También estaban los enanos, fuertes y longevos; los ents, que son prácticamente personificaciones del bosque; magos como Gandalf y, por supuesto, los hobbits, que representan claramente a los tranquilos campesinos de la época preindustrial.
En el bando del mal se encuentran los orcos, llamados trasgos en El hobbit, quienes, al menos para mí, representan a los nuevos obreros industriales contemplados por los desaprobadores ojos de clase alta de Tolkien. En El hobbit aparecen trolls que hablan con un perfecto acento cockney londinense, pero Tolkien abandonó pronto ese recurso por considerarlo una representación demasiado burda.
También existen criaturas individuales que parecen ser únicas. En el bando del bien está Tom Bombadil, que representa a la naturaleza; en el bando del mal se encuentra la monstruosa araña Ella-Laraña, que quizá represente a los todopoderosos conglomerados multinacionales que dominan actualmente la economía de la Tierra.
Hay superlobos en el bando del mal, y superáguilas y un superoso en el bando del bien.
Pero, por encima de todos, está Gollum, quien es, al parecer, un hobbit pervertido por la prolongada posesión del anillo y la criatura más ambigua de la historia. En su interior se libra una batalla constante entre el bien y el mal; y, aunque es el personaje más débil e indefenso de la saga, consigue, en cierto sentido, más que ninguno. De hecho, es él quien, sin proponérselo, conduce el relato hasta su satisfactoria conclusión. Siempre he sentido simpatía por Gollum y lo he considerado más víctima del pecado ajeno que pecador.
Esta rica combinación de diferentes tipos de criaturas inteligentes aporta a El Señor de los Anillos una fuerza y una variedad inimaginables, y tuvo que estar presente en mi mente cuando concebí un universo poblado por diferentes tipos de criaturas inteligentes.
(Phases in Chaos, 1991)
